Jamás pensé ver algo tan hermoso en la vida, tan lindo que las nubes los miraron y sintieron celos. Ese par de piecitos acariciables llevan sobre sí la frescura de las azucenas.
En la vida, son dos milagros amarillentos apaciguando envidias. Su talón rosado, con contrastes anaranjados, hace que me imagine un olor a pétalos de rosas mezclado con melocotón.
Podría saborear su dedo pulgar. Parece una golosina de mantequilla. Sus demás deditos son como semillas de anona vírgenes. Sin desnudar.
La piel que cubre sus nervios digitales es una barranca flórida que desciende en una llanura adornada por un rosal de rosas blancas. Los dedos son granates que llevan sobre su base cinco fresas de un rojo-carmesí.
¿Quién tendrá en su seno tan perfecta creación? Nadie merece ser adornado con tal hermosura. Nunca deseé con tanta vehemencia acariciar ligeramente una piel de seda como la de esos piececitos.
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