jueves, 25 de junio de 2009

Dos duralitas quebradas


Era noviembre del año dos mil. Carlitos, de aproximadamente doce años de edad, visitó a un anciano llamado Raúl para comprar un carrizo de hilo para zapatero. También acudió a un carpintero para encargarle un enrollador y así poder elevar su piscucha.

El reloj marcó las dos y treinta de la tarde. Había un exelente clima para divertirse con los amigos. Llegó un hombre de treinta y cinco años de edad, llamado Jorge, a recogerlo para elaborar los juguetes aéreos.

Se hizo más tarde y estaban listos para juguetear por los aires. Decidieron subirse al techo de la casa del cuñado de Jorge.

Al llegar arriba, Carlos se alegró, pero al pasar media hora, la duralita no resistió. Se quebró. El niño quedó colgado del borde de la pared. Al bajarse, se encontró con la desagradable sorpresa de que el dueño de la casa lo esperaba afuera.

Asustado y sin saber que hacer, el pequeño acudió a la ayuda de su tía, pues el señor exigía el pago de los daños causados por el accidente. Al pasar dos horas, llegó la mamá a solucionar el incidente, de paso, a aplicarle un castigo severo al niño. Hasta la fecha, no ha logrado olvidar esa mala experiencia. Le ha servido para reflexionar y meditar acerca de sus errores.

2 comentarios:

  1. esto me oarece una historia personal. eata bueno paro es bastante corta y crei que tendría más para leer pero me gusto....

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  2. Hey tu historia me parece buena y si está un poco corta, pero creo que todos hemos pasado por situaciones similares y con tu texto nos haces recorar viejos tiempos.

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